Los silencios en el discurso

La palabra correcta puede ser efectiva, pero ninguna palabra jamás fue tan eficaz como una pausa planeada correctamente. 

– Mark Twain –.

Cuando pienso en hablar en público, pienso en comida. Pienso en cada parte del discurso como pequeñas porciones que constituyen en su conjunto un menú cuidadosamente estudiado, elaborado, presentado, consumido y posteriormente digerido. En ese inalterable orden. También pienso en mi abuela Isabelita, pero vayamos por partes.

Al igual que el buen chef debe velar por los cinco elementos del menú, el buen orador (o el buen abogado), deberá por sus cinco equivalentes.

“Estudiado”

Fondo del discurso o procedimiento

“Elaborado”

Estructura del mismo

“Presentado”

Forma expositiva

“Consumido”

Emisión del mensaje

“Digerido”

Efecto producido

Existe, sin embargo, una diferencia sustancial entre estos dos campos: mientras que nadie está obligado a ir a un restaurante concreto, en muchas ocasiones quien nos oye estará “obligado” a hacerlo (que no a escucharnos) y es nuestra obligación no hacer de ello un calvario.

Pensemos que cuando unos clientes vuelven a un restaurante no lo hacen, casi nunca, por la comida. Lo hacen por el recuerdo que queda en ellos de la experiencia vivida. Pero qué mal recuerdo tendríamos si sufriéramos una indigestión, ¿verdad? Qué mal recuerdo, si nos ha producido empacho.

Nuestra mente también sufre empachos. Cada vez que hablamos, se proporciona información a nuestros interlocutores (esa es la parte fácil, sólo hay que ponerse a hablar), sin embargo, para que nuestro mensaje “cale” en su mente, no sólo debe ser recibido, sino digerido y asimilado.

La oratoria se ha considerado desde tiempos remotos como el arte de hablar en público. El Ars Oratoria, ya saben. El uso de la palabra articulada de forma elocuente para conmover y persuadir. La palabra, en definitiva, como eje central de la comunicación oral y escrita. Decenas de manuales escritos, cientos de gurús charlatanes y mucha palabrería barata (qué divertida paradoja, ¿verdad?) acerca “de di esto” o “di otro aquello”.

Pero qué poco se estudian los silencios, oiga.

¿Que por qué?

En una época en la que ya han quedado relegados los discursos histriónicos, con aquellos ritmos vertiginosos, capaces de agotar la energía de cualquiera (y no, el señor Iceta en sus mítines no cuenta), son los silencios los que diferencian un gran discurso de un discurso memorable. El orador que sepa utilizar los silencios tendrá en su poder una de las mayores armas comunicativas posibles.

La dura realidad es que nos aterra el silencio. Genera una extraña incomodidad que, para más inri, tendemos a llenar con molestas y repetitivas muletillas que no aportan nada a nuestro discurso. Sin embargo, ya dijo Stanislavsky que en un monólogo, los silencios pueden creerse que son detenciones, pero no lo son en absoluto, son conversaciones con el silencio. No hay una interrupción de la comunicación con el espectador. Conversaciones con el silencio.

Todos los discursos del ex-presidente Obama están plagados de silencios que llenan de matices lo que dice. Por todo esto, os dejo una lista para exponer, de forma no exhaustiva, por qué debemos abrazar los silencios.

5 razones por las que debemos hacer pausas

  • Permite que se asimilen las ideas transmitidas

  • Dota de relevancia a distintas partes de nuestro mensaje

  • Refleja seguridad en el orador

  • No agota a nuestro interlocutor

  • Hace parte del discurso a quien nos escucha

En definitiva:


¡Casi me olvido!

Mi abuela Isabelita es una abuela “de las de toda la vida”. Como pasa con las abuelas de las de toda la vida, cada una de las veces que como en su casa es exactamente igual a la anterior: Cuando llegas, ya está el aperitivo en la mesa. Empieza el abundante picoteo y, de repente, tienes un plato de sopa de picadillo enfrente de ti, mientras se siguen apurando el resto de platos. Como si de la guarnición de la sopa se tratase, empiezan a aparecer filetes de lomo que (por supuesto) te tienes que comer. Todo esto, con la fuente de ensalada en el centro de la mesa y el “¿te frío un huevo?” de rigor antes de las natillas que (por supuesto) también tienes que comerte, cuando no repetir. Entre medias, no menos de cinco veces un “pero come, que estás muy delgado”.

Yo no digo que mi abuela no me quiera cuando me atiborra de comida. Muy al contrario: es el cariño que me tiene lo que no me deja respirar entre bocado y bocado (y no hablemos ya, entre plato y plato), al igual que dar mucha información sin hacer pausas responde en ocasiones a un intento de evitar el la incomodidad del silencio. En cualquier caso, el resultado final es de empacho.

Dejemos de dar información y datos sin pausas ni silencios. Permitamos que quede en ellos ese regusto del menú bien estudiado, elaborado y presentado para que sean ellos los que nos digan “póngame otro, por favor“.

Porque compartir es vivirShare on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Un comentario en “Los silencios en el discurso

  • ¡Chapó! Siempre he pensado que el silencio es algo clave a la hora de dirigir un discurso y llevar una conversación a buen puerto. Y no sólo el silencio, sino también la respiración, algo tan natural que percibimos de forma inconsciente.

    Como nota curiosa diré que, en los robots o máquinas de inteligencia artificial, se está estudiando la manera de hacer su discurso más “humano” y han comprobado que la clave está en las pausas o silencios y en las diferentes respiraciones y sonidos realizados al hablar (tragar saliva, mojarse los labios, acelerar la respiración, suspirar, …).

    Todo cuenta 🙂

    P.D.: Lo de la abuelita ha sido totalmente verídico, comparable paso a paso a mi sensación siempre.
    P.D.2: Me gusta tu blog, felicidades.

Deja un comentario